Ella estaba muy lejos de mí, y no en la tierra sino en el mar, en alguna parte, mientras yo era un insomne arrepentido por no estar con ella. Las lágrimas habían quemado mis ojos toda la noche. La culpa era de esos planes que se hicieron, y que luego se rompieron. Había elegido paz para la soledad y ahora la soledad había elegido dolor para mí. Así se selló nuestro destino. Alguna media esperanza de entre ninguna que yo habría creído que me quedaba me había empujado cómo un autómata a salir a la terraza de mi casa. Necesitaba mirar a las estrellas para dejar de ver borroso a causa de mi tristeza silenciosa.
Saliendo a la blanda oscuridad razoné que seguramente aquella noche la luna llena y yo debíamos de tener la misma blancura mortal en nuestras faces luminiscentes. Si alguien hubiera mirado desde dentro de la casa habría podido ver cómo mi atractivo cuerpo masculino y semidesnudo caía bajo el efecto óptico de redibujarse dentro de una luna llena gigantesca. Éramos una sola luz de blanca rendición y luminosa melancolía. Los ojos me escocían. Y nada detendría el desconsuelo. O eso creía. Hasta que vi unas sombras fugaces tachando la luna por encima de mí. Volaban muy arriba y no era algo normal que pudiera confundirse con murciélagos. Llegué a creer por un momento que podrían haber sido brujas sobre escobas volando enloquecidas. Pero eso tampoco parecían, y cuando vinieron hasta mí, sentí un miedo inevitable al saber ahora que existía toda aquella malvada y espectral realidad que había aparecido ante mis ojos. Pero no pude ni dar un paso atrás de la sorpresa. En el momento que iba a reaccionar, esos fantasmas borrosos con caras horribles me atravesaron, sentí un tirón mental y una fragilidad tal cómo si fuera a marearme, pero entonces me encontré con que me iba con ellos volando. Se llevaban mi alma, y abajo, dejé mi cuerpo que desde el suelo arrodillado siguió mirando a las estrellas y la luna. Creo que se quedó llorando. Mirándome sin verme cómo me alejaba.
¿Que haría ahora mi cuerpo sin mí? ¿Lloraría hasta la muerte, u olvidaría y podría dormir? Yo sólo tenía claro desde ese momento que cuando mi alma era arrastrada violenta y rápidamente por la apacible noche entre las nubes no me parecía que cruzara el cielo sino que me íba por un pasillo negro al infierno. Luego llegó el mar, y este rodó bajo nosotros. Debíamos ir a cientos de kilómetros por hora aunque yo todo lo viera a cámara lenta, casi cómo si fueran diapositivas.
Intuia adónde iba pero no me atrevía a adivinarlo. Hasta que el barco estuvo debajo y descendimos. Atravesar techos y paredes fue una experiencia chocante. Y por fin allí estaba yo ahora... en su camarote. Con ella. Aún no me atrevía a pensar. Los espectros me echaron al suelo junto a su cama y luego se retiraron metiéndose dentro de unos peluches. Allí di elpaso atrás que no pude dar en la terraza. Había muchos más peluches en el camarote. Y Quien imaginaría que esos bonitos juguetes tan achuchables cómo pequeños cojines estaban tan endemoniados. El encanto que daban al camarote era algo que pareceria mas propio de una niña que fuera la hija infantil y mimada del capitán que de una atractiva diablesa que fuera princesa del infierno y comandara almas. Pero ella tenía su estilo propio.
Y allí estaba ella, irresistible y muy íntima con su largo camisón transparente de color negro. Se le adivinaba todo pero no resultaba vulgar. Insinuaba cómo la mejor de todas las promesas. Sus pechos y hombros mostraban una piel dorada por el Sol y otros calores infernales que yo desconocía. Mi diablesa morena y exótica de brillantes ojos verdes tenía entre sus brazos una bonita serpiente de peluche que aumentaba su ya sobrenatural atractivo a la categoría de sueño prohibido.
La acariciaba distraída y juguetonamente mientras me miraba.
-No sé que decir, creí que el destino se había sellado y estábamos condenados a la soledad estas noches- dije asombrándome a mí mismo de poder hablar en su presencia, o tal vez sería más adecuao pensar que ella había querido que yo hablara. -Eran muchas noches, demasiadas. Y yo nunca estoy sola. Ya lo ves que las almas de la gente que me quiere siempre que yo quiero me acompañan- dijo sonriente. Pero algo en su profunda y oceánica mirada verde-azulada tenía una incomprensible e inaccesible tristeza, tal vez fuera algo muy propio de los demonios que tenían sentimientos cómo ella.
Yo cuando me comprometí a viajar con ella había creído que era humana. No imaginaba que existieran esas cosas pues desde hacía muchos años yo había sido un escéptico materialista sin ambiciones espirituales. -Eres... - dije intentando preguntar si era realmente un demonio.
Pero no pude. Una pantera negra de ojos verdes había saltado encima de mí con una agilidad, rapidez y delicadeza más propia de una ardilla que de una mujer o una pantera. No quería herirme y ella estaba sobradamente capacitada para ello, así que tuvo que frenarse. Y cuando estuvo encima de mí volvía a ser ella aunque durante el salto habría jurado que era una pantera. Y no me traspasó cómo esperaba. Sentía su caliente cuerpo encima del mío. -Las almas son cuerpos solidos y reales en mi presencia cuando lo deseo- me dijo para disipar la sorpresa de mis ojos. Y entonces me besó. Fue una tentación prohibida hecha realidad sin otras consecuencias que el placer.
Nos besamos repetidamente y luego tomó mi barbilla entre sus hermosas uñas negras y me alzó la cabeza para que mirara el tech. Pero no había techo. De alguna manera ahora nos hallábamos en la cubiera superior, y arriba brillaban las estrellas en el cielo. Teníamos la misma luna pero ya no me parecía triste. Se trataba de un crucero enorme de recreo y estábamos solos. Nos pusimos a rodar por el suelo, y acariciándonos mientras la miraba poseído por su belleza. Pude tener un segundo de perspectiva para apreciar cómo la intensa luz de la luna había vuelto tan azules unos ojos de habitual poderío verde. Comparé sus maravillosos ojos azules con el oscuro horizonte marino, y este último salía perdiendo. Los mares profundos de su mirada eran infinitos, y no desentrañaría sus secretos ni disponiendo de mil años sin dejar de mirarlos.
La ropa que quedaba nos sobraba y voló por el viento. El aire húmedo del mar impregnó de sal nuestra piel. Qué maravilloso regusto dejaba su piel en mi lengua. Nuestros cuerpos se acoplaron y compactaron cómo uno. Las olas que golpeaban el barco tenían el mismo ritmo que nuestra unión. Ondear un cuerpo con y contra el otro era el sentido de todo. El placer se hizo grande. Tan grande cómo la luna. Unos besos y olas más tarde escupí por mí miembro un veneno blanco que me había estado amenazando con matarme si no lo regalaba a la ardiente matriz de mi diablesa.
Recibí algo parecido a un golpe, un tirón o un shock. Oí cómo se alejaba una risita femenina. Y al reincorporarme me encontraba en la terraza de mi casa. Me sentía energético de nuevo y tan caliente cómo una caldera del infierno. Miré a la luna y vi unas sombras fugaces que se íban. No pude verlas bién pero de ellas cayó algo al suelo. Me agaché a cogerlo y acaricié confuso el peluche de una serpiente. No tenía nada de sobrenatural aunque era muy bonita, y en una pequeña etiqueta se podía leer "Made in China". -Entiendo. Mi alma irá a Oriente contigo- dije con una sonrisa soñadora.


jajaja
que bueno el final , por cierto cuando veas otra vez a las sombras , mamdamelas a ver donde se lleban mi alma , que yo tengo ganas de tener una experienciareligiosa como esa.
jijiji
besos.
muchas gracias por comentar en mi blog te lo agradezco, me ayuda a seguir y es verdad cometo muchos errores jejeje lo siento gracias