Junto a un río al que solían venir las lavanderas del pueblo, sola en la noche, una anciana lloraba de rodillas sobre unas rocas planas. Recordaba entre sentidos gemidos una vida malgastada amando a un hombre que sólo habia sabido corresponderle con engaños. Un engaño que culminaba ahora en la vejez siendo abandonada por una amante joven y bella. Una bruja malvada que había llegado a convencer a su hombre de despojar a la anciana de su casa para empezar ellos dos una nueva vida juntos. La anciana triste con la falda enfangada y recogida sentía cómo se quemaban sus rodillas con el roce del áspero jabón seco que había entre el musgo de las rocas.

El aire le sonaba cómo abucheos en la distancia, y muchos mechones de su largo pelo blanco se escapaban al viento del pañuelo que cubría su cabeza. Semejaban hilos de luz de luna, o la manera en que esta desde el cielo tocaba a la anciana para consolarla. Sin duda, si la luna tuviera conciencia querría consolarla porque pocas cosas podían ser hermanas de la eternidad cómo ella. La anciana que había sido muy conocida por sus historias en las cenas festivas del pueblo, en una de aquellas largas noches que se cantaban populares canciones y se contaban historias cada año, ella había señalado que aquella historia en concreto no era cómo las demás.
-Es una historia de inmortalidad y amor, y es mi historia- señaló.
Se oían risas y murmuros.
-Cuentos de viejas, ya no sabe cómo darle emoción a sus historias- decía alguno con una sonrisa de desprecio que siguió a varias risas de la mayoría de adultos jóvenes.

Nadie había creído a la anciana. Aunque alguna gente de más edad arquearon la ceja. Daban cierto crédito a la historia pues ella era la única anciana del pueblo que a excepción de su lento y decrépito andar y su pelo aún seguía teniendo una belleza sin edad. Eterna. Era la envidia de muchas que quisieran haber envejecido cómo ella. Pero la anciana nunca habría envejecido si hubiera seguido la ley del Agua de la Vida. "Fluye, deja que te amen y deja que te beban porque vivirás eternamente. Ama y te secarás. Te arrugarás como una fruta podrida hasta que te coman los gusanos." Y ahora allí estaba la anciana seca, tan seca que sólo lloraba con sus muecas y lamentos audibles porque en ella no había más agua de la vida que aquella que a duras penas la mantenía viva. Aquél cuento que dijo ser diferente por tratarse de su historia, más o menos decía así:
"Cuando era joven mis pies desnudos siempre tenían contacto con el agua y mi cabello ondulado hasta bien entrada la espalda gustaba de mecerse con el son del fluir del río. Bella era una palabra que no me hacía suficiente justicia pero mi vanidad era igual de grande pues yo no había nacido de madre ni tampoco fui niña. Siempre fui una joven demasiado hermosa y durante demasiado tiempo. Yo veía pasar el tiempo observando a través de los oráculos del agua a las gentes del pueblo. Fui conociéndoles a ellos, a sus hijos y a los hijos de sus hijos cuando se fueron sucediendo. En secreto los amaba y me compadecía de sus siempre trágicas historias. Lloraba cada vez que uno moría mientras mis hermanas se burlaban y reían.

Aunque yo no era humana ni vivía en este mundo, cómo en el mío había demasiada agua y demasiada magia para hacer este tipo de cosas naturales, en las noches de luna llena tenía que venir a lavar mis vestidos blancos para luego tenderlos y secarlos a la luz de la luna. Mientras esperaba a que se secaran mis vestidos que había extendido sobre las rocas del río, conjuré unos símbolos con el dedo índice sobre el río y un pez saltó convirtiéndose en un hermoso peine de oro que vino a mis manos. Además de distraerme cepillándome el cabello debía ser cauta y vigilar los alrededores para no ser descubierta por seres humanos, por ello juntaba mis manos y ahuecándolas recogía del río las aguas que me servían de oráculo. Varias visiones de las proximidades se sucedían durante un rato hasta que el agua desaparecía del todo absorbida por las palmas de mis manos.

Siempre tenía algún conjuro en la cabeza, incluso cuando aún no había descubierto a un hombre acechándome ya sabía lo que haría con él. Pero ahora si me haría falta alguno porque había un hombre espiándome desde unos matorrales. Cuando utilizara la magia contra él mis hermanas dejarían de bromear acerca de mis compasivos sentimientos hacia los humanos. Me acerqué con paso rápido hasta los matorrales y el hombre acuclillado que se hallaba detrás se echó hacia atrás del susto al verse sorprendido, y terminó perdiendo el equilibrio hasta caer de culo al suelo.

-Dona de l'aigua!- pudo exclamar simplemente el ladrón que tenia en sus manos uno de mis muchos vestidos que había extendido para secar.
Cualquiera de mis hermanas le habría matado en ese mismo momento, pero yo a ese hombre le conocía, e incluso había visto morir a sus abuelos y los abuelos de sus abuelos.
No me enamoré de él porque ya estaba enamorada, así que me ayudó a recoger la ropa y me instalé en su casa. Por el camino mis vestidos blancos dejaron de tener magia y perdieron blancura. Aquella noche cenamos juntos el pez que fuera mi peine de oro. Y yo sólo le pedí que nunca dijera a nadie lo que yo era, y no lo hizo. Todos estos años he sentido las miradas de mis hermanas a través del agua, piensan que he perdido mi belleza y mi magia pero yo sé que he ganado. He ganado una familia a la que amo."

Aquella era la historia que un día la anciana había contado. Pero ahora, ahora de tan despechada, engañada y traicionada, más allá de la paciencia o el rencor, simplemente no quedaba amor. Por eso el agua del río la llamaba y la buscaba para rejuvenecerla y devolverla a sus hermanas. La anciana se levantó de las rocas y se internó en el agua con pasos tembloros, sus lágrimas ahora sí brotaban en sus ojos. Unas manos salieron del agua y la abrazaron, para reconfortarla le acariciaron su melena que de nuevo era negra. No podía más que sonreír apesadumbrada en el reencuentro.
-No sientas- le dijo una de sus hermanas -No sientas y tu sonrisa será joven para siempre.

Volvería a sentir y volvería a envejecer pero sería otro día, en otra época, y en otra historia.