
Esta es mi gracia y mi desgracia; cuando los querubines todavía cantaban, parecía que eternamente, a un Altísimo ausente, yo suspiraba inquieto por haber sido concebido cómo un ángel.
Conocía lo suficiente del mundo verde de abajo para preferirlo a mi celestial blancura natal. La de arriba era una forma de existencia lenta en el espacio y el tiempo, tan anclada e inamovible en los siglos de los siglos que me desesperaba porque yo fui concebido para anunciar el final de la Creación. Creo que sólo tal y cómo era conocida. Pero cómo Él estaba desaparecido, yo no quise ni pude esperar porque Caos debería haber sido mi nombre. Yo, Prometeo, decidí ser el príncipe verde que trajera el fuego del cielo a los hombres, aquél que humeando cómo un hierbajo prendido repartiera por el mundo en su caída la armonía de un incienso sin dioses.
En el día en que hice esta gesta yo me arrojé del cielo cómo si fuera una chispa desprendida del lucero del alba, y llegaba yo con el primer fuego en mis alas ardiendo. Ofrecía la Promesa de ser Dios pues todo cuanto Él había hecho podría ser reducido a polvo y vapor con este elemento. Cuando mis sandalias tocaron la tierra, di mis dones a la mujeres con mi ala derecha y a los hombres con mi ala izquierda, pues el edén de la Biblia era una mentira que nunca nadie llegó a conocer. Sin embargo, yo sí era la verde manzana caída, y la verde esperanza del conocimiento que los abandonados mortales se merecían por sus lamentables esfuerzos en la penumbra del albor de los tiempos.
Después vieron desde el cielo el fuego que se manejaba en la tierra y la humanidad comenzó a existir cómo tal, sobretodo cuando Gabriel y Lucifer dejaron de llamar monos a los hombres. Y cómo Dios ya no estaba desde el séptimo día de la Creación, para decidir el futuro de esa floreciente humanidad los ángeles favoritos del Señor iniciaron una guerra que todos gustarían de llamar del bien contra el mal. Sería una guerra que expulsaría del Cielo al ángel más hermoso, Lucifer, que cayó, y a diferencia de mí que salté, al llegar al suelo él siguió cayendo por la boca de un volcán. Cayó, y cayó, y siguió cayendo maldito, tierra adentro, hasta el corazón del mundo.
Pero todo eso fue después de que a mí me castigaran las huestes del cielo. Me castigaron a lamentar por siempre mi fantasía de cambiar yo solo el orden que nos dejó el Creador. Y así, mis alas, antaño blancas resultaron haber sido quemadas y ennegrecidas en vano para traer fuego a unos ingratos hombres. Unos hombres que ni siquiera intentaron defenderme, a mí, el más vulnerable y bienintencionado de los ángeles. Pues los ángeles aún inmortales no eran, no son, ni serán nunca Omnipotentes. Podrían haberles vencido ese día pero inclinaron la rodilla, y obedientes, me entregaron.
-Serás el Rey de tu pena- dijo Gabriel con solemnidad. -Y tu pena será infinita- dijo Lucifer sonriente, y pletórico de malicia.
Lucifer estaba dolido porque yo le había abandonado en su enfrentamiento eterno con Gabriel. Y Gabriel me odiaba por ser yo el más débil de los ángeles.
Mi corazón inmortal se ennegreció de rencor cuando fui confinado en un pequeño reino onírico, dónde fui olvidado por ángeles, dioses u hombres. Hasta que un día llegara ella. No puedo recordar cuántos siglos estuve enloqueciendo de sufrimiento en mi trono de bufón-monarca que me habían preparado. Estuve demasiado tiempo pegado al grotesco trono en cuyo respaldo habían soldado lo que que quedaban de mis alas originales, que me habían arrancado para exhibirlas quemadas y recordar por siempre mi pecado.
Mi espalda sangraba con frecuencia y nunca cicatrizaría del todo pues otras alas nuevas intentaban salirme sin que mi reino maldito me lo permitiera. Pero más me dolían las cadenas que no me permitían alejarme de allí. Con la vista controlaba todo mi dramático feudo, en cuyo centro había un triste lago de plata líquida. En sus aguas un grupo de cisnes negros nadaban cabizbajos y enfermos. Con la fría iluminación de un otoño eterno, no tenía opción, y cada vez que miraba al lago, éste robaba una lágrima de mis ojos.
Las losas de cerámica azul turquesa que cubrían el suelo de todo mi reino estaban rayadas y estropeadas por miles de joyas rotas y abandonadas; se podían encontrar perlas partidas, anillos despedrados, y broches de plata oxidada con su alfiler doblado y retorcido. No era posible caminar sin que se oyeran los abalorios de la decadencia rayando el suelo. En aquél onírico lugar de mi cautiverio, los árboles ni siquiera eran árboles pues estaban tallados en altas rocas verdosas de aspecto pantanoso, mohoso, y pútrido, en lo que más bien parecían rudos pedestales gigantescos. Sobre estos anidaban bellos pavos reales albinos. Blancos, huraños y solitarios; uno sólo de estos pavos habitaba en cada árbol de piedra.
Las blancas aves pretendían erigirse señores del lugar con sus plumas coronando en lo más alto de sus dominios. Indiferentes a todo, respondían a cualquier perturbación o amenaza abriendo sus colas en un inmenso abanico blanco. Un gesto tan bello e impresionante cómo inútil y ridículo. La amenaza aparecía cada anochecer, cuando un poderoso Grifo hacía acto de presencia. Su hambre era infinita y primero se alimentaba de los enfermos cisnes negros. El lago de plata se volvía rojo. Y luego el Grifo entusiasmado visitaba los árboles de los albinos pavos reales que morían en medio de una lluvia de plumas blancas y sangre.
Y al final el Grifo, esa criatura mitad león y mitad águila, siempre reparaba en mí, y venía a devorarme las alas de mi espalda que, de nuevo, durante el todo el día me habían estado creciendo. La esperanza que siempre había llevado en mi corazón y que había querido compartir con el mundo dejó de existir dentro de mí. Mi verde promesa moría en las columnas-árbol de piedra verde que eran la antesala de mi desesperanza. Y así me convertí en el Príncipe de la Verde Desesperanza.
Cuando los sueños se ordenaron en la mente de la humanidad, y el tiempo siguió transcurriendo hacia delante, alguien sufrió y soñó de tal forma que halló las puertas de mi reino. Llegó una doncella de los hombres, y era un ser humano excepcional pues Áurea era dorada de nombre, corazón y apariencia. Ella me halló porque también sufría, y mientras ponía a llorar en soledad a su violonchelo, la voz desgarrada del instrumento la abstrajo del mundo redirigiéndola a otro, interno, emotivo, y remoto. Así entró en mi reino de verde desesperanza.
Estuvo allí tocando mucho tiempo sin darse cuenta y cuando abrió sus ojos azules no sabía cómo había ido a parar allí. Ante ella estaba el Grifo quieto, escuchando, y ella seguía tocando su melodía, que era tan triste que después de amansar a la bestia fue como si se rompiera un maleficio, y tras no mucho tiempo la bestia pareció dormitar hasta que se murió de hambre. Tal cómo yo siempre había imaginado, el Grifo siempre se aparecía ya muy enloquecido por el hambre, pues en el Reino de la Verde Desesperanza todos sufren. Áurea se levantó y dejó el violonchelo a un lado, contra la silla en la que sentada había llegado. Y luego se acercó a mí con sólo desearlo. Las losas del suelo se desplazaron suavemente para traerla sin que hubiera de escuchar la decadencia al caminar o pudiera tropezar.
No sabía como darle las gracias cuando, rápidamente, mis alas crecieron al completo sin que hubieran sido devoradas por el Grifo, y hecho esto vi cómo las cadenas crujieron, se rompieron, y cayeron dándome la libertad. Mudo la devolví volando a su casa. Sin palabras. Mi libertad y ella eran tan hermosas.. Pero cuando llegamos escuché a mi propia voz hablándole en su lengua. -El mundo verde que tanto amaba ha dejado de ser verde y bello- dije al haber visto el estado degenerado del planeta.
-Ángel Prometeo, hay cosas mejores que tu antiguo mundo verde en nuestro arte. Ven a verme y te lo demostraré- dijo Áurea. -Lo haré aunque me parece cómo si hubierais tenido que destruirlo todo para poder recrearlo- dije iniciando el vuelo hacia mi reino de la Verde Desesperanza del que ahora era su libre señor.
Pondría mi reino en orden y volvería para aprender de la Vírgen Dorada los secretos del arte.

que guapo el angel verde no? jejeje XD
alucinante, uff! suerte que eres novato.
que pases un buen dia.
un beso.
Uyysst. Algún día escribiré una histora así... Es hermoso lo que escribes e interesanthe... Ahm. Un placer conocerthe vestido de ángelitho... Ahm... Cof. Uf. No sé cómo empezar... Mira... Casi no entiendo esto de los blog's por lo tantho ayer cometí un error... Creí dejarle el comentario a "Risasylágrimas" Y resultha que te lo dejé a tí... Jajaja... Aysst. Qué o'so!! Pero si te soy sincera sí entré a tu espacio, pero por faltha de tiempo no lo comenthé... Ayysst. Discúlpame, ¿sí? Y te agradezco mucho que pasaras a mi pequeño mundo y le comentaras y así poder conocernos *:)... Muchas garcias!!... Mi nombre es Diana y Tengo 21 añithos...U.u* Casi 22 *xP... y soy de Tamaulipas México ... Un besso y muchos abrazos Dios te bendiga nenitho hermoso. Hastha prontho.